La catequesis familiar es hija del Concilio. Es el emergente de un momento en el cual nuestra Iglesia se mira a sí misma y se hace preguntas (“¿Cuál es su misión? ¿Quiénes van a llevarla a cabo? ¿Qué es lo propio de cada uno?”). El Concilio Vaticano II es una etapa apasionante de la historia de la Iglesia, en la cual la propia identidad se pone en cuestión. Una de esas preguntas trascendentales es esta: ¿qué lugar tienen las familias en la labor evangelizadora? La respuesta es renovadora, tanto de la concepción de familia como de la concepción de la Iglesia: “la familia es la Iglesia domestica, que ya no es solo objeto, sino también sujeto de evangelización, centro evangelizador de comunión y participación, en la que los padres ejercen un autentico y propio ministerio” (Documento de Puebla 569 y 586). La familia tiene, pues, una tarea evangelizadora dentro de la Iglesia. En palabras del CELAM: “Es la “Catequesis Familiar” una catequesis en la que los padres también aprenden, primero al prepararse para ser catequistas y segundo al enseñar a sus propios hijos. Es sabido que en la comunicación catequética uno de los más beneficiados es siempre el catequista. Los padres al dar, reciben; y al anunciar, escuchan; y al enseñar, aprenden. En ese sentido se puede decir que la catequesis de los padres a los hijos es también catequesis de adultos” (Catequesis familiar. CELAM; 1987). A treinta años de los comienzos de la catequesis familiar en nuestro país, el balance es positivo. Se ha reconocido y jerarquizado el espacio familiar, ese lugar en el que se puede lograr el mejor clima educativo, donde se pueden identificar fe y vida. “Las verdades y rasgos fundamentales del cristianismo se pueden ver encarnados en unas personas concretas, a los que por otra parte, se les admira y se les quiere: los padres, los hermanos. Y eso no durante un tiempo limitado (el que puede durar la catequesis en la parroquia o en la escuela), sino a lo largo de muchos días, circunstancias y acontecimientos los mas variados. Además, la familia, por su disciplina y exigencias internas, puede ayudar a realizar la tan deseada síntesis en América Latina “entre fe y vida”. Los padres con su testimonio, sus enseñanzas y sus exigencias para que los hijos practiquen lo que ven y oyen, ayudan eficazmente a formar una persona integralmente cristiana”.